Nunca dejes de aprender: El Modelo T del conocimiento

Intenta aprender algo sobre todo y todo sobre algo” – Thomas Huxley

A lo largo de la evolución, distintas especies desarrollaron distintas estrategias de supervivencia. Unas se hicieron más generalistas y otras más especialistas.

Las especies generalistas tienen nichos amplios. Están adaptadas a distintos tipos de climas y dietas. En este grupo están las cucarachas, las ratas y los humanos.

Las especialistas tienen nichos más estrechos. Requieren dietas o condiciones climáticas muy específicas para sobrevivir. Aquí destacan especies como los koalas y los osos panda.

Ser un especialista tiene sus ventajas. Los koalas enfrentan poca competencia por las hojas de eucalipto, su único alimento. Los animales con dietas variadas compiten sin embargo con muchas especies distintas. Como contrapartida, los especialistas son mucho más vulnerables a cualquier cambio del entorno. Pequeñas variaciones climáticas o alteraciones en su limitada fuente de alimentación pueden causar su extinción.

Los nichos biológicos son difíciles de cambiar, pero podemos aplicar sus lecciones al terreno intelectual. A la hora de desarrollar nuevas habilidades y conocimientos, mi propuesta es guiarse por el siguiente modelo en T. Por un lado, recomiendo desarrollar conocimiento básico sobre múltiples ámbitos. Por otro lado, te beneficiarás de especializarte en algo.

Aprende algo sobre todo, y todo sobre algo.

Amplitud: Aprende algo sobre todo

«Para desarrollar una mente completa, estudia la ciencia del arte, estudia el arte de la ciencia. Aprende a ver y te darás cuenta de que todo se conecta con todo lo demás» – Leonardo da Vinci

Sobrevivir en un entorno salvaje requería múltiples habilidades. Nuestros ancestros construían herramientas de caza pero distinguían también cientos de tipos de plantas. Elaboraban ropa para protegerse del frío y diseñaban botes sencillos para navegar por los ríos. Encontraban tiempo además para esculpir y pintar.

La sociedad moderna, por el contrario, intenta que nos especialicemos en campos de conocimiento cada vez más estrechos. Especializarse en algo tiene muchos beneficios, por supuesto, pero encierra también peligros. La especialización limita nuestra visión y capacidad de elección. Cuando solo tienes un martillo tiendes a pensar que todos los problemas son clavos.

Los profesionales sanitarios muy especializados ofrecen con frecuencia peores recomendaciones, proponiendo tratamientos de su especialidad sin ser conscientes de que existen otros más eficientes. Los cardiólogos intervencionistas proponen por ejemplo usar catéteres con mucha más frecuencia que cardiólogos menos especializados, y los pacientes de estos últimos suelen tener mejores resultados (detalle).

En el campo intelectual, el premio Nobel es el reconocimiento más prestigioso, y muchos asumen que es el resultado de una dedicación absoluta a una tarea única. Sin embargo, un análisis de cientos de sus ganadores, concluyó que un rasgo distintivo de muchos de ellos es que tienen más hobbies e intereses ajenos a su campo que el resto de científicos. Estudios similares en emprendedores confirman que tienen más éxito aquellos que combinan conocimientos de distintas áreas (detalle).

Grandes genios de la historia lograron su reconocimiento por cruzar constantemente las fronteras artificiales que imponemos al conocimiento. Leonardo da Vinci era un hijo ilegítimo, lo que impidió su acceso a una buena educación y lo excluyó de las ocupaciones más lucrativas de la época. A pesar de ello, o quizá gracias a ello, fue capaz de revolucionar múltiples disciplinas, desde la pintura a la medicina, pasando por la escultura y la ingeniería (detalle).

A pesar de carecer de estudios formales, Da Vinci revolucionó multitud de ámbitos del conocimiento: pintura, escultura, óptica, anatomía, ingeniería…

La creatividad consiste en identificar conexiones entre elementos aparentemente dispares. Al exponerte a un mayor número de ámbitos de conocimiento, tendrás más posibilidades de encontrar esas nuevas conexiones.

Y lo mismo aplica en el terreno deportivo. Los atletas que se especializan muy temprano tienen carreras más cortas y sufren más lesiones (estudio). Tanto nuestro cuerpo como nuestro cerebro se forjaron en un mundo generalista.

Intenta aprender sobre distintas materias y sus conexiones. Piensa en lo global y en lo particular, en lo práctico y en lo filosófico. En resumen, persigue todo aquello que despierte tu interés e intenta aprender un poco de muchas cosas.

Profundidad: Aprende todo sobre algo

El poeta griego Arquíloco afirmaba en uno de sus textos que “mientras que el zorro sabe de muchas cosas, el erizo sabe mucho de una cosa importante”. El pensador Isaiah Berlin escribió en los años cincuenta un famoso ensayo basado en esta idea, titulado precisamente el erizo y el zorro. Clasificaba a famosos autores como erizos o zorros según su visión del mundo y su forma de actuar en él.

Tradicionalmente existe una visión peyorativa del zorro, al considerarse propio de personas dispersas y caóticas. Como vimos previamente, ser un zorro con multitud de estrategias y conocimientos ofrece importantes beneficios, pero debemos aprender también de los erizos. Cuando son atacados no se detienen a reflexionar sobre cuál es la mejor respuesta, simplemente se enrollan en una afilada fortaleza. Es su única estrategia, pero es muy importante, y la ejecutan a la perfección.

Llevándolo a la práctica, mi propuesta es que además de aprender algo sobre muchas cosas, intentes aprender mucho sobre algo. Selecciona algo que te interese e intenta perfeccionarlo cada día. Sé el zorro y el erizo.

Recomiendo orientar este aprendizaje más especializado según el enfoque de las profesiones medievales, recorriendo el largo camino de aprendiz a maestro. En la Edad Media, el aprendiz trabajaba para un maestro mientras aprendía el oficio, a cambio de comida y alojamiento. Con suficiente dedicación se convertía primeramente en oficial. Podía ahora viajar y trabajar por su cuenta, pero no podía adoptar nuevos aprendices. Ese privilegio estaba reservado a los maestros. Durante varios años, el oficial experimentaba con las técnicas aprendidas, hasta que creaba algo que demostrara su dominio del oficio: su obra maestra. A partir de ese momento, era un maestro.

No digo que esta estructura rígida de los gremios medievales sea el modelo a seguir, pero sí creo que deberíamos enfocar nuestro aprendizaje como si se tratara de un arte, y considerarnos a nosotros mismos como artesanos, buscando el dominio de un oficio. Para llegar a ser un maestro requerían de media entre ocho y diez años de aprendizaje y práctica, o un total de unas diez mil horas. Y algo similar es lo que concluyen los estudios modernos sobre la dedicación necesaria para desarrollar habilidades extraordinarias.

El concepto de las diez mil horas se originó en un famoso estudio sobre violinistas, que trataba de averiguar los factores que separaban a los violinistas extraordinarios del resto. Evidentemente la inteligencia y el talento importan, pero asumiendo una cantidad razonable de ambos, el factor diferencial entre los buenos y los extraordinarios fue la dedicación. Los mejores violinistas eran los que más habían practicado.

Fuente: https://www.researchgate.net/publication/224827585_The_Role_of_Deliberate_Practice_in_the_Acquisition_of_Expert_Performance

Diez mil horas no deja de ser un número arbitrario, y el estudio aclara que no solo importan las horas dedicadas, sino también la calidad de la práctica. Anders Ericsson, responsable de ese famoso estudio, acuñó el término de práctica deliberada, dependiente de tres factores que exploraremos a continuación (detalle).

Práctica deliberada

El primer factor es la motivación. Debes seleccionar algún conocimiento o habilidad que realmente te inspire a mejorar. Si con el tiempo desaparece la motivación, debes cambiar, pero asegúrate que no alteras tus objetivos simplemente porque el proceso es más duro de lo que pensabas.

El segundo es el diseño de objetivos claros para cada sesión de práctica. Además de aclarar lo que pretendes obtener en cada sesión, debes seleccionar la dificultad adecuada. Si intentas algo muy fácil te aburres y te estancas, pero si es demasiado difícil te frustras. Cada sesión debe explorar algo un poco más allá de tu habilidad actual. La práctica debe ser ligeramente incómoda, sin llegar a ser desagradable. Este es el nivel de complejidad ideal para desafiar tu mente sin llegar a frustrarla.

Y por último, la retroalimentación. Para aprender rápido debes tener retroalimentación rápida. Debe haber una conexión directa entre esfuerzo y resultado. Tanto si el resultado es bueno como si es malo, aprenderás. Algunas habilidades te recompensan con retroalimentación inmediata. Si estás practicando lanzamientos de baloncesto el resultado de tus acciones es claro y directo. En otras disciplinas requieres más tiempo, y tiene sentido buscar mentores externos que te ofrezcan esa retroalimentación en cada práctica.

Y una última recomendación: Si puedes, enseña lo que aprendes. Varios estudios demuestran que pensar en cómo podrías enseñar lo que estás aprendiendo te ayuda a recordar más y a prestar atención en tu propio proceso de aprendizaje (estudio). Cuando uno enseña, dos aprenden.

«¿Qué he aprendido hoy?» es una buena pregunta a hacerse al final de cada día. Mantén la curiosidad intelectual. Busca algo que despierte tu interés y comprométete a mejorar.

En una de las últimas entrevistas que ofreció el compositor Pau Casals, a los noventa y cinco años de edad, un joven periodista le preguntó por qué seguía practicando seis horas al día a tan avanzada edad si era ya un gran maestro del violonchelo. ¿Cuál fue la respuesta de Casals? “Porque creo que sigo progresando”. Esa es la actitud. El aprendizaje constante no solo deriva en una mayor reserva cognitiva, sino también en una vida más rica.

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