Soledad, Relaciones Tóxicas y Salud

«El hombre es un ser social cuya inteligencia exige para excitarse el rumor de la colmena» – Ramón y Cajal

Cuando hablamos de los pilares de la salud solemos referirnos a la dieta, el ejercicio y el descanso, pero tendemos a dejar de lado la forma en la que nos relacionamos.

Sin embargo, las relaciones personales tienen un profundo impacto en nuestra salud y longevidad.

En este artículo resumo algunas ideas sobre el efecto de la soledad en nuestra salud, extraídas mi libro Saludable Mente.

Entenderás el concepto del número de Dunbar, cómo la soledad atrofia el cerebro y cómo nos dañan las relaciones tóxicas.

El número de Dunbar

Relacionarnos con los demás nos parece natural, por eso no somos conscientes de su gran complejidad. El simple hecho de mantener una conversación activa multitud de zonas cerebrales.

Debemos interpretar tanto las palabras de la otra persona como discernir sus emociones a partir del lenguaje corporal. A la vez, debemos preparar nuestra respuesta y ajustar nuestro propio lenguaje no verbal.

La complejidad de la socialización se multiplica a medida que aumenta el tamaño del grupo. Vivir en grupo implica llevar una especie de contabilidad social con todos sus miembros.

Debemos recordar los favores que debemos, o nos deben, los compromisos adquiridos y el grado de fiabilidad de cada miembro. Necesitamos además mantener un mapa mental de la cambiante jerarquía social, entendiendo las relaciones entre las distintas personas.

Es importante también adaptar nuestro comportamiento al interactuar con cada sujeto, según sus particularidades, nuestra historia compartida y el conocimiento que tenemos sobres sus propias relaciones e intereses.

Vivir con los demás implica llegar a consensos y colaborar en múltiples proyectos. Esta gran complejidad es precisamente lo que limitaba el tamaño del grupo en sociedades ancestrales.

El antropólogo Robin Dunbar descubrió que existía una correlación directa entre el volumen de la neocorteza de cada especie y el tamaño de su grupo social.

En el caso de los humanos, concluyó que el número máximo de vínculos sociales que nuestro cerebro puede gestionar sin abrumarse es aproximadamente 150, el famoso número de Dunbar.

Estudios recientes confirman esta hipótesis, observando que la densidad de materia gris en zonas del cerebro relacionadas con la percepción social guarda relación con el número de personas con las que nos relacionamos.

La soledad atrofia el cerebro

Interactuar con los demás requiere una gran habilidad mental.

Estudios en ratas indican que las que viven con otras en la jaula desarrollan hipocampos más grandes que las que se crían sin compañía.

Por otro lado, cuando ratas que han vivido siempre con otras son privadas de compañía, sufren en pocos meses una reducción de su volumen cerebral (detalle, detalle).

Por motivos evidentes no podemos replicar estos experimentos en humanos. De hecho, el confinamiento solitario es considerado el peor castigo en las cárceles, y para muchos es una forma de tortura.

Contamos sin embargo con experimentos naturales que confirman un efecto similar del aislamiento social en humanos.

Un estudio analizó por ejemplo el cerebro de ocho investigadores antes de pasar meses en una estación científica en la Antártida.

Cuando regresaron, sus hipocampos se habían reducido en un 7%, y eso considerando que no estuvieron completamente solos. Al reducir drásticamente su grupo social, también lo hizo su cerebro.

Es probable que influyeran otros factores, como pasar más tiempo en espacios interiores y la monotonía del entorno ártico.

En resumen, la gran complejidad de la interacción social la convierte en un potente lubricante neuronal, que al reducirse acelera el declive mental.

La soledad eleva el estrés

El aislamiento social daña nuestra salud por multitud de vías.

Para empezar, el cerebro interpreta la soledad como un peligro inmediato, elevando el estrés.  En un entorno salvaje la soledad era una sentencia de muerte.

Un estudio solicitaba a sus participantes indicar cómo de aislados se sentían en distintos momentos del día. Además de registrar esta información debían tomar una muestra de saliva.

Cuando los investigadores evaluaron los resultados, observaron que el nivel de cortisol en la saliva mostraba gran correlación con los episodios de soledad.

Uno de los efectos del estrés es inhibir el sistema inmune, lo que explicaría por qué la soledad contribuye a la enfermedad.

El sentimiento de soledad también fragmenta el sueño y eleva la vigilia nocturna (estudio), porque para nuestro cerebro era peligroso dormir solo (detalle).

El efecto de las relaciones tóxicas

La interacción social es un arma de doble filo.

Es responsable de las mayores alegrías de nuestra vida, pero también de los momentos más estresantes.

Empezando por lo bueno, la calidad de nuestras relaciones es el mejor predictor de la percepción de felicidad, además de ser un gran buffer emocional.

Según un gran estudio de Harvard, las personas más satisfechas con sus relaciones personales a los 50 años son las más saludables a los 80.

La conexión con los demás potencia lo bueno y mitiga lo malo. Si buscas entre tus recuerdos, seguramente los mejores momentos fueron experiencias compartidas.

Por contrapartida, las relaciones tóxicas perjudican todos los ámbitos de nuestra salud.

Las personas que reportan peor calidad de sus relaciones cercanas sufren mayores tasas de enfermedad durante los siguientes años (detalle).

Los matrimonios conflictivos aumentan la presión arterial en ambos miembros (estudio). Además, sus citoquinas inflamatorias aparecen elevadas y sus heridas tardan más en curarse (estudio, revisión).

Las relaciones interpersonales conflictivas elevan también el riesgo de depresión (detalle).

Como dicen, mejor solo que mal acompañado.

Soledad vs. Aislamiento social

El aislamiento social es una métrica objetiva, relativa al número de interacciones que tenemos con los demás. La soledad, sin embargo, es una experiencia subjetiva.

El aislamiento social se puede medir, la soledad solo se puede sentir.

Obviamente están relacionados. El aislamiento social tiende a elevar el sentimiento de soledad, pero los niveles que cada persona requiere para evitar sentirse sola son distintos (dependiendo por ejemplo de tu lugar en el espectro introvertido-extrovertido).

Las experiencias de la infancia condicionan también el grado de conexión social que cada uno considera ideal.

Aunque la relación es más fuerte con la soledad, el aislamiento social también se asocia con mayor declive cognitivo (estudio, estudio). Incluso si no eres consciente, tu cerebro se beneficia de interactuar con los demás.

La soledad no solo tiene que ver con el número de relaciones sociales que mantenemos, sino también con el significado que les demos. Podemos sentir soledad en la multitud si no compartimos con el resto algo a lo que tengamos aprecio.